lunes, 19 de noviembre de 2007

¡VIVA EL REY!

He de confesar que no he tenido hijos y que la consecuencia es, que no he tenido nietos.
Pero he de decir también que ello no fué óbice para que en mi hogar no haya resonado la alegre algarabía de la grey infantil, ni que yo por tanto, haya dejado de asimilar la experiencia que ellos proporcionan, con sus juegos, sus cariños, sus noche en vela, etc., etc.

He tenido y tengo a Dios gracias, cantidad de sobrinos y sobrinas, e incluso los correspondientes de segunda generación, dado que nuestro inveterado acogimiento hizo de mi -nuestra- casa, una guardería, cuando las circunstancias así lo requirieron.
Hoy mi mujer y yo sabemos de niños, tanto, como si hubiesen nacido en nuestra casa. Pues a la vez que nos ejercitamos en la ofrenda del cariño, hemos disfrutado con ellos hasta la saciedad.
Mientras éstos, entre sus recuerdos más preciados, conservan los de sus estancias con nosotros.

Tengo que decir que era realmente hermoso llevarlos y recogerlos a la salida del Colegio. Escuchar la lógica de sus razonamientos. Empujarles el columpio hasta la fatiga. Dejar que, al declinar la tarde cuando rendidos de agotamiento y vencidos por el sueño, se acogieran al calor y al abrigo de nuestro regazo... por que para nosotros, aquello era como rendir un acto de pleitesía al rey o la reina de la casa.

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